jueves, 3 de diciembre de 2009

Nocturno dolor de cabeza

Tacubaya: línea siete, color naranja. La gente se empuja para entrar al último vagón del tren subterráneo. Gritan y maldicen. La muchedumbre avanza precipitadamente antes de que se cierren las puertas. Una chica apresada en medio de la multitud se pregunta qué fuerza sobrenatural la ha llevado allí. Se llama Ollín, viste de morado y está asustada.

El metro comienza su marcha. La luz, pálida, fúnebre, parpadea tristemente como en las películas de terror. Ella se mueve con dificultad para encontrar un lugar en el rincón. A su alrededor todos hablan tan fuerte que atenúan las últimas notas de una canción: “Don´t forget. Please, don´t forget.”

Cierra los ojos con fuerza durante el viaje y finalmente siente cómo la pesada máquina frena. Seguramente se ha detenido en otra estación. Los abre de nuevo y descubre en la pared un letrero despintado que anuncia: San Pedro de los Pinos. Alto total. Las voces suben el volumen y sorpresivamente callan. Silencio absoluto. Sólo percibe el sonido intermitente del vacío. Todos los rostros han volcado su mirada sobre ella. Se acercan sin tocar el suelo y cuando siente sus respiraciones cerca del rostro, se desintegran y desaparecen.

Está sola en la oscuridad y afonía del vagón. El miedo paraliza su afán de gritar para pedir ayuda, y de pronto, del otro lado de las puertas selladas se reproduce una escena que le es conocida Parece un típico día en esa nueva ciudad a la que ha llegado a vivir: smog, frío y tráfico. Gente indiferente que con el semblante serio cruza las avenidas mojadas. Puede respirar el estrés a través del cristal. Ahora recuerda lo mucho que extraña su casa.

El vagón avanza de nuevo. Siente vibrar los rieles bajo sus pies mientras se repone de la consternación. No sabe a dónde la lleva esa locomotora extraviada. El ritmo de la vibración disminuye, se detiene y…San Antonio.

Las puertas vuelven a no abrirse. Delante de sus ojos discurre esta vez una sucesión de acciones incoherentes: dos hombres y una mujer discuten acaloradamente. Uno de ellos es alto, de barba y cabellos blancos y despeinados, bebe Coca Light y…huele raro. El otro es bajito, delgado. Su sedoso cabello negro luce recortado sobre los hombros y está bajo control gracias a dos curiosos pasadores laterales. Su mirada es feroz y vocifera: “¡Sean rebeldes!”. La mujer parece desesperada e intenta no perder el glamm, se acomoda el cabello rojizo y grita: “¡Cállate, Porfi! ¡Es vi-tal que escuches lo que dice Mr. Semiosis!”

Ollín no puede creer que sea posible algo tan irracional, así que corre a presionar el botón de emergencias. Avanza de nuevo, pero más rápido. Ya no siente la vibración habitual, sólo desconcierto y un fuerte dolor de cabeza.

El andén de Mixcoac está desierto. Por fin nada descabellado sucede. Pasa un minuto y lentamente empieza a aparecer gente de espaldas: dos, tres, cuatro. Cuando giran hacia ella no puede evitar las lágrimas, son automáticas, de nostalgia guardada. Karina, Monse, Andrea y Paco la saludan, sonríen. La llaman para que se una a ellos, como antes. A su mente acuden los recuerdos de la prepa, la hora de salida y los partidos de voleibol, el cine y los días de campo con ellos, sus eternos amigos.

Luego, desde el fondo se acerca un chico…el chico de siempre. Con su legendaria playera blanca y los jeans rotos con que lo conoció. Avanza lento, como sólo él sabe, como ella siempre lo recuerda. Su fisonomía mil veces memorizada no ha cambiado, su mirada misteriosa vuelve a encontrarse con la suya, después de aquella última vez antes de partir. Ahora sólo un centímetro de vidrio los separa, sólo el cristal frío y una palabra nunca dicha.

Él habla pero ella no escucha y su corazón siente un vacío enorme. Se ha cansado de llorar. El metro arranca, una vez más, y poco a poco la imagen difusa de sus recuerdos se esfuma, se queda atrás…una vez más.

La velocidad aumenta, aumenta y aumenta. Parece haber perdido el control. Sigue acelerando. El espacio vacío de la ventana proyecta las fotografías de su pasado: el último concierto, el fin de cursos en la playa, los cumpleaños, las inolvidables lecciones de mercadotecnia, los extravíos nocturnos…Oaxaca.

El vagón se desplaza igual de rápido que la luz y frena bruscamente. En el aire flota su canción: “The Climb”. Un extraño estremecimiento se apodera de su cuerpo. Sabe en qué lugar ha terminado…Barranca del Muerto. Y está consciente que sólo le queda una cosa por ver para quedar completamente destrozada.

Y sucede. Sus padres y hermano la miran de lejos. Ella no creía en eso de los corazones rotos pero esta vez hasta pudo escuchar el crack del suyo. Oye a su madre: “Ollín, hija, te hemos extrañado tanto…”

Para su sorpresa, las puertas se abren. La inmensa alegría que siente agolpándose en sus venas acelera sus latidos. No duda y corre con los brazos abiertos hacia ellos. ¡Por fin, después de soñarlo tantas noches…! Pero justo a punto de fundirse con ellos en ese abrazo mil veces imaginado, la música cesa y despierta sobresaltada mientras la noche discurre sin pena.

Las huellas de las lágrimas en su rostro siguen ahí. Todo fue un sueño, una mala jugada de su subconsciente…y lo peor es que sigue sin aprender la lección y permite que la misma utopía la siga asaltando todas las noches, todas.

2 comentarios:

  1. La tristeza es un sentimiento que se cuaja con los ambientes. Si el metro, con todo y su color naranja, es deprimente, cuanto más en los días nublados y fríos. Añorar es ineludible cuando te encuentras lejos de tu habitat, pero también es parte de un proceso necesario.

    No importa cuantas estaciones avances si las puertas sólo se abren un instante que no es suficiente para salir... De tal modo que debes esperar a que el tren detenga su marcha por completo para volver a casa.

    Te apuesto a que el trayecto es corto, tan sólo debes ignorar aquellas cosas que lo hacen yermo, las que te dan dolor de cabeza. Por el contrario, sé paciente que ninguna línea es interminable...

    TQM

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